El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Si hubiera sabido en qué prisión estaba encerrada Geneviève habrÃa intentado liberarla. Nunca las evasiones fueron tan fáciles. Pensaba con amargura en los jardines de Port-Libre, tan sencillos de escalar; las habitaciones de Madelonnettes, tan cómodas de agujerear para alcanzar la calle; los muros tan bajos del Luxemburgo, y los corredores sombrÃos de los Carmelitas, en los que un hombre resuelto podÃa penetrar tan fácilmente por una ventana.
Devorado por la duda y la ansiedad llenaba de imprecaciones a Dixmer; le amenazaba y saboreaba su odio por este hombre, cuya cobarde venganza se ocultaba bajo un rostro de fidelidad a la causa real.
—Encontraré al infame —pensaba Maurice—; y ese dÃa, pobre de él.
La mañana del dÃa en que ocurrieron los sucesos que vamos a relatar, Maurice habÃa ido al tribunal revolucionario. Lorin dormÃa; le despertó el alboroto producido en la puerta por voces de mujer y culatas de fusil. Echó una ojeada a su alrededor para convencerse de que no habÃa a la vista nada comprometedor. Al mismo tiempo, entró en la casa un comisario seguido de varios hombres. El comisario le dijo que se le detenÃa por sospechoso y le preguntó dónde estaba su amigo Maurice.
—En su casa, probablemente —contestó Lorin.
—No; él vive aquÃ. Aquà está la denuncia, que es explÃcita.