El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Para sus amigos, el señor de Villefort era un protector poderoso; para sus enemigos era un adversario sordo, pero encarnizado; para los indiferentes era la estatua de la ley hecha hombre. Difícil de abordar, fisonomía impasible, mirada apagada y mate, o insolentemente aguda y escrutadora, tal era el hombre cuyo pedestal había sido construido, y luego cimentado, por cuatro revoluciones hábilmente superpuestas una sobre otra.

El señor de Villefort tenía fama de ser el hombre menos curioso y menos banal de Francia; daba un baile al año en el que no aparecía más que un cuarto de hora, es decir, cuarenta y cinco minutos menos de los que el rey asistía a los suyos; nunca se le veía ni en los teatros ni en los conciertos ni en ningún lugar público; algunas veces, pero raramente, jugaba una partida de whist, y entonces se ocupaban de buscarle jugadores dignos de él: podía ser algún embajador, algún arzobispo, algún príncipe, algún presidente, o, en fin, alguna duquesa viuda de alto rango.

Así era el hombre cuyo coche acababa de detenerse ante la puerta de Montecristo.

El ayuda de cámara anunció al señor de Villefort en el momento en el que el conde, inclinado sobre una gran mesa, seguía en el mapa un itinerario de San Petersburgo a China.


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