El Conde de Montecristo

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Capítulo LVII

El huerto de alfalfa

Nuestros lectores tienen que permitirnos que les traigamos de nuevo a ese cercado lindante con la casa del señor de Villefort, y tras la verja invadida por los castaños, encontraremos a los personajes que ya conocemos.

En esta ocasión, Maximilien es el primero en llegar. Es él quien pega un ojo contra el parapeto, y el que espía en el fondo del jardín la aparición de una sombra entre los árboles y el crujir de unos botines de seda sobre la arena de los senderos.

Finalmente el crujido tan deseado se dejó oír, pero en lugar de una sombra fueron dos las que se acercaron. El retraso de Valentine había sido ocasionado por una visita de la señora Danglars y Eugénie, visita que se había prolongado más allá de la hora en la que Valentine era esperada. Entonces, para no faltar a la cita, la joven propuso a la señorita Danglars un paseo por el jardín, queriendo mostrar a Maximilien que el retraso, por el que sin duda Maximilien sufría, no era culpa suya.


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