El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La señora Danglars estaba aterrada, sin embargo, hizo un supremo esfuerzo para responder a este último ataque. Cayó sobre un sillón, pensando en Villefort, en la escena de la cena, en esa extraña serie de desgracias que se abatían, una tras otra, desde hacía algunos días, sobre su casa, y transformaban la paz guateada del hogar en escandalosos debates. Danglars ni siquiera la miró, aunque ella hizo todo lo que pudo para desvanecerse. Danglars abrió la puerta del dormitorio sin añadir ni una sola palabra más, y volvió a sus habitaciones, de manera que la señora Danglars, volviendo de su semidesvanecimiento, pudo creer que todo había sido un mal sueño.