El Conde de Montecristo

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Capítulo LXVI

Proyectos de matrimonio

Al día siguiente de esa escena, a la hora en la que Debray tenía costumbre de venir, de camino a su despacho, a hacer una visita a la señora Danglars, su cupé no apareció en el patio.

A esa hora, es decir, hacia las doce y media, la señora Danglars pidió su coche y salió.

Danglars, situado tras los visillos de una de sus ventanas, había espiado esa salida que estaba esperando. Dio la orden de que le avisaran en cuanto la señora volviera, pero a las dos de la tarde aún no había regresado.

A las dos, pidió sus caballos y se dirigió a la Cámara y se inscribió para hablar contra el presupuesto.

Desde las doce hasta las dos, Danglars se había quedado en su gabinete, abriendo su correo, malhumorándose cada vez más, amontonando cifras y cifras y recibiendo, entre otras visitas, la del mayor Cavalcanti, que siempre tan de azul, tan rígido y tan exacto, se presentó a la hora acordada la víspera para concluir sus asuntos con el banquero.


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