El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La acusación
El señor d’Avrigny hizo que el magistrado, que parecÃa un segundo cadáver en esa habitación fúnebre, volviera en sà enseguida.
—¡Oh! ¡La muerte en mi casa! —exclamó Villefort.
—Diga, más bien, el crimen —respondió el doctor.
—¡Señor d’Avrigny! —exclamó Villefort—. No puedo expresarle todo lo que siento en este momento: espanto, dolor, locura.
—Sà —dijo d’Avrigny con una calma imponente—; pero creo que es hora de que actuemos; creo que es hora de que opongamos un dique a este torrente de muerte. En cuanto a mÃ, no me siento capaz de cargar durante más tiempo con secretos asÃ, sin esperanza de que surja la venganza para la sociedad y para las vÃctimas.
Villefort paseaba una lúgubre mirada por toda la sala.
—¡En mi casa! —murmuró—. ¿En mi casa?
—Veamos, magistrado —dijo d’Avrigny—, sea un hombre; un intérprete de la ley, hónrese con una inmolación completa.
—Me hace usted temblar, doctor, ¡una inmolación!
—Esa palabra he dicho.
—¿Entonces, usted sospecha de alguien?