El Conde de Montecristo

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Capítulo LXXX

La acusación

El señor d’Avrigny hizo que el magistrado, que parecía un segundo cadáver en esa habitación fúnebre, volviera en sí enseguida.

—¡Oh! ¡La muerte en mi casa! —exclamó Villefort.

—Diga, más bien, el crimen —respondió el doctor.

—¡Señor d’Avrigny! —exclamó Villefort—. No puedo expresarle todo lo que siento en este momento: espanto, dolor, locura.

—Sí —dijo d’Avrigny con una calma imponente—; pero creo que es hora de que actuemos; creo que es hora de que opongamos un dique a este torrente de muerte. En cuanto a mí, no me siento capaz de cargar durante más tiempo con secretos así, sin esperanza de que surja la venganza para la sociedad y para las víctimas.

Villefort paseaba una lúgubre mirada por toda la sala.

—¡En mi casa! —murmuró—. ¿En mi casa?

—Veamos, magistrado —dijo d’Avrigny—, sea un hombre; un intérprete de la ley, hónrese con una inmolación completa.

—Me hace usted temblar, doctor, ¡una inmolación!

—Esa palabra he dicho.

—¿Entonces, usted sospecha de alguien?


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