El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pero, antes de que pudiera abrir la boca, el conde vio en la puerta, que se habÃa quedado abierta, a una mujer cubierta con un velo, de pie, en la penumbra de la sala contigua y que habÃa seguido a Baptistin.
La mujer habÃa visto al conde con la pistola en la mano, vio, además, sobre una mesa, dos espadas, y entró precipitadamente.
Baptistin consultó a su amo con la mirada. El conde le hizo un gesto y Baptistin salió cerrando la puerta tras de sÃ.
—¿Quién es usted, señora? —dijo el conde a la dama del velo.
La desconocida echó una mirada por todo alrededor para asegurarse de que estaban solos, después, inclinándose como para arrodillarse, y juntando las manos con desesperación:
—Edmond —dijo—, ¡no matarás a mi hijo!
El conde dio un paso atrás, emitió un leve grito y dejó caer el arma que tenÃa en la mano.
—¿Qué nombre ha pronunciado, señora de Morcerf? —dijo.
—¡El suyo! —dijo echando hacia atrás el velo—. Sólo el suyo, que tal vez soy la única que no lo ha olvidado, Edmond; no es la señora de Morcerf la que está aquÃ, es Mercedes.
—Mercedes está muerta, señora —dijo Montecristo—, ya no conozco a nadie con ese nombre.