El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo D’Avrigny recomendó al sacerdote no solamente a la muerta, sino al vivo, y el sacerdote prometió a d’Avrigny dedicar sus oraciones a Valentine y sus cuidados a Noirtier.
El abate se comprometió solemnemente y, sin duda, para que nadie le molestase en sus oraciones, y para que Noirtier no fuera tampoco importunado en su dolor, en cuanto el señor d’Avrigny abandonó la habitación fue a cerrar con cerrojo, no solamente la puerta por la que el doctor acababa de salir, sino también la que daba a los aposentos de la señora de Villefort.