El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Era la declaración del cardenal Spada y el testamento que buscaban desde hacía tanto tiempo? —dijo Edmond todavía incrédulo.

—¡Oh! Sí, mil veces sí.

—¿Quién lo ha reconstruido así?

—Yo, que con la ayuda del fragmento que quedaba adiviné el resto, midiendo la longitud de las líneas con las del papel y descubriendo el sentido de lo quemado a través del sentido visible, como uno se guía en un subterráneo con un residuo de luz que viene de arriba.

—¿Y qué hizo usted cuando creyó tener esa convicción?

—Quise marchar, y de hecho me fui en el mismo instante, llevando conmigo el comienzo de mi gran obra sobre la unidad del reino de Italia; pero desde hacía tiempo la policía imperial, que en ese momento, al contrario de lo que después quiso Napoleón, cuando le nació el hijo, en ese momento, digo, quería la división de las provincias, había puesto los ojos sobre mí: mi precipitada marcha, cuya causa sin embargo estaba bien lejos de adivinar, despertó sus sospechas y en el momento en el que me embarcaba en Piombino, fui detenido.

»Ahora —continuó Faria mirando a Dantès con una expresión casi paternal—, ahora, amigo mío, usted sabe tanto como yo: si alguna vez huimos juntos, la mitad de mi tesoro es suyo; si muero aquí, y usted consigue huir, ese tesoro le pertenece en su totalidad.


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