El Conde de Montecristo

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Pero, debemos decirlo, lo que llamaba su atención no era esa Córcega poética de la que podía distinguir hasta las casas, ni esa Cerdeña casi desconocida que la seguía, ni la isla de Elba de gigantescos recuerdos, ni, en fin, esa imperceptible línea que se extendía en el horizonte y que para el avezado ojo del marino dejaba entrever Génova, la soberbia, y Livorno, la comerciante; no, lo que llamaba su atención era el bergantín que había zarpado al amanecer, y la tartana que acababa de zarpar.

El primero estaba a punto de desaparecer por el estrecho de Bonifacio; la otra, que seguía el camino opuesto, costeaba Córcega, a la que se disponía a pasar.

Ver todo eso tranquilizó a Edmond.

Dirigió entonces sus ojos a los objetos más cercanos que le rodeaban; se vio en el punto más elevado de la isla cónica, como frágil estatua de ese inmenso pedestal; por debajo de él, ni un solo hombre; a su alrededor, ni una sola barca: sólo el mar azul que venía a batir la base de la isla, formando, con su choque incesante, una envolvente franja de plata.

Entonces, descendió con paso rápido, pero también lleno de prudencia: temía, en un momento así, un accidente igual al que tan hábil y tan felizmente había simulado.


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