El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Aquí y allá, en la llanura de los alrededores, semejante a un lago de polvo, vegetan algunos tallos de trigo candeal que los horticultores de la región cultivan sin duda como curiosidad, sirviendo cada uno de esos tallos de percha a una cigarra que persigue con su canto chillón y monótono a los viajeros perdidos en estas soledades.
Desde hace más o menos siete u ocho años, esa pequeña posada está regentada por un hombre y una mujer, que tienen, por todo servicio, a una doncella llamada Trinette y a un mozo de cuadra que responde al nombre de Pacaud; doble cooperación que, por lo demás, cubre largamente las necesidades del establecimiento, desde que el canal abierto de Beaucaire a Aiguemortes sustituyó victoriosamente a los barcos por la circulación rápida, y al carromato por la diligencia.
Ese canal, como para hacer más sangrantes aún los lamentos del desgraciado posadero al que arruinaba, pasa entre el Ródano que le alimenta y la carretera a la que agota, a cien pasos poco más o menos de la posada, cuya corta aunque fiel descripción acabamos de dar.