El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Los dos jóvenes hicieron una leve inclinación. Franz no había encontrado aún una palabra que decir; aún no había tomado ninguna resolución, y como nada indicaba en el conde la voluntad de reconocerle, o el deseo de ser reconocido, Franz no sabía si debía hacer alusión al pasado, con algún comentario cualquiera, o dejar al albur del futuro la aportación de nuevas pruebas. Además, estando seguro de que era él quien estaba la víspera en el palco, no podía responder más que afirmativamente de que era también él quien la antevíspera estaba en el Coliseo; resolvió, pues, dejar pasar las cosas sin hacer al conde ninguna indicación directa. Además, Franz gozaba de una superioridad frente al conde: él era poseedor de su secreto, mientras que, por el contrario, el conde no tenía nada en contra de Franz, porque este no tenía nada que ocultar.

Sin embargo, resolvió dejar caer la conversación sobre un punto que podía, mientras tanto, llevarle al esclarecimiento de ciertas dudas.

—Señor conde —le dijo—, usted nos ha ofrecido dos plazas en su coche y plazas también en sus ventanas del palacio Ruspoli; ahora, ¿podría usted decirnos cómo podríamos conseguir cualquier puesto, como se dice en Italia, en la plaza del Popolo?


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