El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Al cabo de diez minutos, cincuenta mil luces brillaron bajando del palacio de Venecia a la plaza del Popolo, y subiendo de la plaza del Popolo al palacio de Venecia.
Se diría que era la fiesta de los fuegos fatuos.
Uno no puede hacerse una idea del espectáculo, si no lo ha visto.
Imaginemos a todas las estrellas desprendiéndose del cielo y viniendo a la tierra en una alocada danza.
Y todo ello acompañado de gritos como jamás oído humano haya escuchado sobre el resto de la superficie del globo.
Es sobre todo en ese momento cuando ya no hay distinciones sociales. El facchino se une al príncipe, el príncipe al trastevere, el trastevere al burgués; unos y otros, soplando, apagando, encendiendo. Si el viejo Eolo apareciera en ese momento, sería proclamado rey de los moccoli, y Aquilón, presunto heredero de la corona.
Esa carrera alocada y llameante duró dos horas poco más o menos; la calle del Corso estaba iluminada como en pleno día, se distinguían los rostros de los espectadores hasta los del tercer y cuarto piso.
Cada cinco minutos Albert sacaba el reloj; finalmente, el reloj marcó las siete.
Los dos amigos se encontraban justamente a la altura de la Via dei Pontefici; Albert se apeó de un salto de la calesa con su moccoletto en la mano.