La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Pero yo —exclamó la reina—, yo quiero seguir a mi esposo!

—Y yo a mi hermano —dijo madame Isabel.

—Seguidle, señora —contestó Gilberto a madame Isabel—; pero vos, quedaos —dijo a la reina.

—¡Caballero! —exclamó María Antonieta.

—¡Señor, señor! —gritó Gilberto—, rogad a Su Majestad la reina que confíe en mí, o de nada respondo.

—Señora —dijo el rey—, seguid los consejos del señor Gilberto, y si necesario es, ejecutad lo que ordene.

Y volviéndose a Gilberto, añadió:

—¡Vos me respondéis de la reina y del delfín, caballero!

—Se salvarán o moriré con ellos; es cuanto un piloto puede decir durante la tormenta.

La reina quiso hacer el último esfuerzo, paro Gilberto extendió los brazos para cerrarle el paso.

—Vos sois la única que peligra, señora, y no el rey; con razón o sin ella se os acusa de la resistencia de Su Majestad, y vuestra presencia le expondría, en vez de protegerle; conjurad la tormenta y haced que el rayo cambie de dirección.

—Entonces, caballero, que el rayo caiga sobre mí y perdone a mis hijos.


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