La Reina Margot
La Reina Margot Margarita, a quien no habían vuelto a hablar de la escena de la víspera como si esta no hubiese existido, leyó los discursos y, a excepción de Carlos, cada cual puso a discusión lo que respondería. Carlos dejó a su hermana en libertad de contestar como quisiera. Se mostró muy exigente sobre los términos empleados por Alençon, y, en cuanto al discurso de Enrique de Anjou, puso la peor voluntad al escucharlo, empeñándose a cada paso en corregir y reformar.
Esta sesión, sin descubrir nada todavía, envenenó profundamente los espíritus.
Enrique de Anjou, que tenía que rehacer casi por entero su discurso, salió para dedicarse a esta tarea. Margarita, que no había tenido noticias del rey de Navarra después de las que recibió a costa de los cristales de su ventana, volvió a su cuarto con la esperanza de encontrarle.
Alençon, que había notado cierta vacilación en los ojos de su hermano el duque de Anjou y había sorprendido entre este y su madre una mirada de inteligencia, se retiró para meditar sobre lo que consideraba una intriga en ciernes. Carlos pensaba ir a su fragua, para terminar un venablo que él mismo forjaba, cuando le detuvo Catalina.
Carlos, suponiendo que iba a encontrar en su madre algún obstáculo a su voluntad, se quedó parado mirándola fijamente.