Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Era demasiado para Felton. Pálido, inmóvil, anonadado por esta revelación espantosa, deslumbrado por la sobrehumana hermosura de aquella mujer que se exhibía a él con una impudicicia que a él le pareció sublime, el teniente acabó por caer de rodillas ante milady, como hacían los primitivos cristianos ante las puras y santas mártires a quienes la persecución de los emperadores entregaba en el circo a la sanguinaria lascivia del populacho. A los ojos del puritano, desapareció el estigma para no quedar más que la hermosura.
—¡Perdón! ¡Perdón! —dijo Felton.
—¿Perdón de qué? —preguntó milady, que en las pupilas del joven leyó: ¡amor!, ¡amor!
—De haberme asociado con vuestros perseguidores. Milady tendió la mano al teniente.
—¡Tan joven y tan hermosa! —exclamó Felton, cubriendo de besos aquella mano.
Milady dirigió al joven una de esas miradas que convierten en rey a un esclavo.
Felton soltó la mano de su interlocutora para besarle los pies: ya no la amaba, sentía adoración por ella.