Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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La rapidez de la carrera enardecía aún más la sangre del teniente; pensar que dejaba tras sí, expuesta a una venganza horrible, a la mujer que amaba, o más bien adoraba como a una santa, y recordar la emoción pasada y la fatiga presente, contribuía a exaltar su alma hasta un punto sobrehumano.

Felton entró en Portsmouth a eso de las ocho de la mañana. Toda la población estaba en pie; en las calles y en el puerto resonaba el tambor, y las tropas que debían embarcarse acudían a la mar.

El teniente llegó al palacio del Almirantazgo, cubierto de polvo, sudoriento, y encendido el rostro por el calor y la cólera, él, que por lo común estaba tan descolorido.

Felton, al ver que el centinela le cerraba el paso, llamó al jefe de guardia y, mostrándole un pliego que sacó de su faltriquera, le dijo:

—Traigo un despacho urgente de parte de lord Winter.

Al nombre de milord, que todo el mundo sabía que era uno de los más íntimos amigos de su gracia, el jefe de guardia dio orden de que dejaran pasar a Felton, que por lo demás ostentaba también el uniforme de marino.


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