Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Qué queréis, m. el cardenal tiene para con esos hombres una complacencia que no me explico.

—¿De veras?

—De veras.

—Pues decidle que esos cuatro hombres escucharon la conversación que tuvimos en el Colombier-Rouge; que en cuanto él hubo salido, uno de ellos subió a mi cuarto y me arrancó violentamente el salvoconducto que él me diera; que hicieron sabedor de mi llegada a Inglaterra a lord Winter, y que también ahora ha ido de un tris que no hacen fracasar mi cometido, como hicieron fracasar el de los herretes; y añadid que de los cuatro solo dos son temibles, D’Artagnan y Athos; en cuanto a Aramis, dejadlo, conocemos su secreto, es el amante de mm. de Chevreuse, y puede sernos útil; y por lo que respecta a Porthos, que ni siquiera se ocupe de él; es un fatuo, un necio.

—Bueno, pero esos cuatro hombres deben hallarse en la hora presente en el sitio de La Rochelle.

—También yo lo creía, pero la condestable ha escrito una carta a mm. Bonacieux, carta que esta ha cometido la imprudencia de mostrarme, y de ella deduzco que, muy al contrario de hallarse esos cuatro hombres en el sitio de La Rochelle, están en camino para venir a buscarla.

—¡Diablos! ¿Qué hacer?


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