Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Los tenéis, m. Porthos, los tenéis —profirió mm. Coquenard en un arranque del que ella misma quedó asombrada—; veníos a verme mañana. ¡Ah!, que no se os olvide que sois el hijo de mi tía y por consiguiente mi primo; que llegáis de Noyon de Picardie, y que os falta procurador para gestionar los muchos pleitos que sostenéis en París. ¿Os acordaréis de todo esto?

—Perfectamente, señora.

—Veníos a la hora de comer.

—Muy bien.

—Y manteneos firme ante mi marido, que, no obstante llevar a cuestas sus setenta y seis, es astuto como él solo.

—¡Setenta y seis años! ¡La flor de la juventud! —repuso Porthos.

—La flor de la vejez, querréis decir; así es que el pobrecito puede dejarme viuda a lo mejor —dijo la procuradora, lanzando a Porthos una mirada significativa—. Por fortuna, según las capitulaciones matrimoniales, los bienes de ambos pasan por entero al superviviente.

—¿Por entero? —preguntó Porthos.

—Por entero.

—Sois mujer precavida, mi querida mm. Coquenard —dijo el mosquetero, estrechando con ternura la mano de la procuradora.


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