Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Cesad desde hoy de hablarme de imposibilidades —repuso milady tras un instante de silencio.
—No me abruméis bajo el peso de mi ventura, señora —exclamó D’Artagnan, dejándose caer de rodillas y cubriendo de besos las manos de lady Clarick, que se las habÃa entregado.
Véngame del infame Wardes, dijo milady para sus adentros, después me desharé de ti, necio, hoja de espada viviente.
Entrégate a mà por tu propia voluntad después de haberme hecho tan sin vergüenza blanco de tus burlas, mujer hipócrita y peligrosa, dijo mentalmente el mozo, y luego me reiré de ti en compañÃa de aquel a quien te propones matar por mi mano. E, irguiendo la cabeza, añadió en voz alta:
—Estoy pronto.
—¿Conque me habéis comprendido, mi querido D’Artagnan? —profirió milady.
—He adivinado vuestro pensamiento en vuestras miradas.
—¿Y emplearÃais en mi favor vuestro brazo, ya tan famoso?
—Seguro.
—Pero ¿cómo podrÃa pagar yo tamaño favor? Sé lo que son los enamorados, y me consta que no hacen por hacer.