Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Por lo demás, Athos daba por sentado que la mujer de la carroza era realmente la mercera; pero menos preocupado que D’Artagnan, le pareció haber visto una cabeza de hombre en el testero del coche.
—Si es asà —dijo el mozo—, indudablemente la trasladan de una prisión a otra. Pero ¿qué se proponen hacer con la infeliz, y cómo podré yo reunirme con ella?
—Amigo mÃo… —repuso Athos—, acordaos de que los muertos son los únicos a quienes no podemos encontrar en la tierra. Algo sabéis vos de esto que os digo, como yo, ¿no es asÃ? Ahora bien, si vuestra amante alienta todavÃa, si es la que acabamos de ver, tarde o temprano la encontraréis.
Y con el misantrópico acento que le era peculiar, añadió:
—Y tal vez más pronto que no querrÃais.
En esto dieron las siete y media; la carroza, pues, llevaba un retraso de veinte minutos sobre la hora señalada en el billete.
Los tres mosqueteros recordaron a D’Artagnan la cita en el palacio del cardenal, y al mismo tiempo le hicieron observar que todavÃa era hora de retractarse.
D’Artagnan, empero, además de testarudo era curioso; se habÃa puesto entre ceja y ceja que irÃa al palacio del cardenal y sabrÃa qué querÃa de él su eminencia, y nada pudo hacerle modificar su resolución.