Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan, que cifraba toda su ambición en ingresar en el cuerpo de mosqueteros, había entablado muy pocas relaciones con sus camaradas; así que se halló solo y entregado a sus propias reflexiones, que, por cierto, nada tenían de risueñas. En efecto, desde que por vez primera entrara en París, si bien había tomado parte en la cosa pública, había avanzado muy poco en la vía del amor y de la fortuna. En el primero de estos dos conceptos, la única mujer a quien amara era mm. Bonacieux, que había desaparecido sin que él todavía pudiera haber descubierto su paradero ni vuelto a saber de ella; y en el segundo concepto se había agenciado él, pigmeo, un enemigo en el cardenal, hombre ante quien temblaban los más poderosos del reino, empezando por el monarca. Richelieu podía aniquilarlo y, sin embargo, no lo había hecho; indulgencia que para un entendimiento tan perspicaz como el de nuestro mozo era luz que alumbraba un porvenir más propicio. Además, se había atraído también otro enemigo, a su ver menos temible, pero que por instinto conocía que no era como para despreciarlo, y ese enemigo era milady. En cambio, se había granjeado la protección y la benevolencia de la reina, pero la benevolencia de la soberana era, en aquel tiempo, una nueva causa de persecución; y de todos es sabido que la protección de Ana de Austria a muy poco alcanzaba, como de ello son buenos testigos Chalais y mm. Bonacieux. Lo único positivo que ganó nuestro gascón durante aquel período de tiempo fue el diamante que llevaba en el dedo y que valía cinco o seis mil libras, y aun aquel diamante, suponiendo que D’Artagnan, en sus proyectos de ambición, quisiese conservarlo para darse a conocer a la reina cuando la ocasión se presentara, por el momento no tenía, pues no podía deshacerse de él, más valor que los guijarros sobre los cuales andaba. Y decimos los guijarros sobre los cuales andaba porque D’Artagnan se hacía estas reflexiones paseándose solo por una hermosa senda que conducía del campamento a la aldea de Angoutin. Ahora bien, sus reflexiones le habían llevado más allá de lo que él sospechaba, y la tarde tocaba a su fin, cuando al postrer rayo de sol poniente le pareció ver brillar detrás de un seto el cañón de un mosquete.