Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan, que tenÃa la mirada viva y muy despierto el juicio, comprendió que el mosquete no habÃa venido por sà solo y que el que lo llevaba no se escondiera con buenas intenciones tras el seto; por consiguiente, resolvió escaparse, cuando al lado opuesto del camino y detrás de una peña divisó la extremidad de otro mosquete.
Era, evidentemente, una emboscada.
D’Artagnan fijó los ojos en el primer mosquete y no sin inquietud vio cómo se bajaba en su dirección, pero tan buen punto vio la boca del cañón inmóvil, se echó de bruces. Al mismo tiempo, partió el tiro, y una bala pasó silbando por encima de su cabeza.
No habÃa tiempo que perder; D’Artagnan se levantó de un brinco, y al mismo instante la bala del segundo mosquete hizo volar los guijarros en el sitio en el que él se tendiera boca abajo.
D’Artagnan no era uno de esos hombres valientes sin utilidad que buscan una muerte ridÃcula para que digan de ellos que no han retrocedido un paso; por otra parte, no se trataba ahora de valentÃa, pues el gascón habÃa caÃdo en una emboscada.
Si hacen otro disparo, soy hombre muerto, dijo para sà D’Artagnan.