Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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En uno de sus altos, el mosquetero oyó que por la carretera pasaban algunos caballos, y teniendo por cierto que eran los del cardenal y su escolta, avanzó de nuevo, limpió su cabalgadura con hojas de brezo y de árboles, y fue a situarse en medio de la carretera, a unos doscientos pasos del campamento.

—¿Quién vive? —gritó Athos al divisar a los jinetes.

—Me parece que es nuestro valiente mosquetero —dijo el cardenal.

—El mismo, monseñor —respondió Porthos.

—M. Athos —profirió Richelieu—, recibid mi enhorabuena por lo bien que nos habéis guardado. Henos al término de nuestro viaje, señores; tomad por la puerta de la izquierda; el santo y seña es Rey y Ré.

Tras estas palabras, el cardenal saludó con la cabeza a los tres amigos, y tomó por la derecha, seguido de su escudero; porque aquella noche su eminencia dormía en el campamento.

—Ha firmado el papel que ella le ha pedido —dijeron a una Porthos y Aramis cuando el cardenal estuvo fuera del alcance de la voz.

—Mirad si lo sé, que aquí lo traigo —contestó Athos.


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