La Cautiva
La Cautiva sus negras alas inmensas;
y más y más aumentaban
el pavor y obscuridad.
El cielo entenebrecido,
el aire, el humo encendido,
eran, con el sordo ruido,
signo de calamidad.
El pueblo de lejos
contempla asombrado
los turbios reflejos;
del dÃa enlutado
la ceñuda faz.
El humilde llora,
el piadoso implora;
se turba y azora
la malicia audaz.
Quién cree ser indicio
fatal, estupendo
del dÃa del juicio,
del dÃa tremendo
que anunciado está.
Quién piensa que al mundo,
sumido en lo inmundo,
el cielo iracundo
pone a prueba ya.
Era la plaga que crÃa
la devorante sequÃa