La Cautiva
La Cautiva y las llamaradas viendo
subir en penachos rojos.
No hay cómo huir, no hay efugio,
esperanza ni refugio;
¿dónde auxilio encontrarán?
Postrado Brián yace inmoble
como el orgulloso roble
que derribó el huracán.
Para ellos no existe el mundo.
Detrás, arroyo profundo,
ancho se extiende, y delante,
formidable y horroroso,
alza la cresta furioso
mar de fuego devorante.
–Huye presto –Brián decÃa
con voz débil a MarÃa–,
déjame solo morir;
este lugar es un horno:
huye, ¿no miras en torno
vapor cárdeno subir?
Ella calla, o le responde:
–Dios largo tiempo no esconde
su divina protección.
¿Crees tú nos haya olvidado?
Salvar tu vida ha jurado
o morir mi corazón.
Pero del cielo era juicio