Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—Mucho —dijo Bolton—. El tigre está admirado de tu ingenuidad; ¿ves cómo te observa? —Si este nudo se agarra detrás de la mira, puedo subir esa maldita cosa hasta aquí arriba, y después el amigo con rayas sabrá lo que es bueno.

—Deberías haber sido ingeniero, Algy —bromeó Crouch.

—Mi madre quería que estudiara para la Iglesia —dijo Algy—, y mi padre quería que ingresara en el cuerpo diplomático; los dos me aburrían, así que me limitaba a jugar a tenis.

—Y eras un desastre —añadió Crouch, riendo.

—¡De acuerdo! —admitió Algy—. ¡Mirad! Ya lo tengo.

Después de mucho probar, el nudo corredizo se había deslizado en el cañón del rifle, y mientras Algy tiraba hacia arriba con cuidado se tensó; entonces empezó a subir el arma hacia él.

La tenía a treinta centímetros de la mano cuando el tigre se puso en pie de un salto lanzando un rugido y atacó. Cuando la bestia saltó en el aire hacia Algy, este lo soltó todo y se encaramó al árbol para ponerse a salvo, mientras las garras del tigre arañaban ya a menos de tres centímetros de su pie.

—¡Uuuffff! —exclamó Algy cuando llegó a una rama más alta.


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