Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Se alzĂł un coro de risas de monos, y el travieso mono se frotĂł el pecho con la otra mano y aire triste mientras se rascaba la cabeza con mansedumbre con la otra.

—Juega con tus hermanos —le gritó Tarzán—. Tarzán hoy no tiene tiempo para juegos.

Y aceleró todavía más el paso. Oía cada vez más fuertes las voces de Dango y sus compañeros, y su olor cada vez era más ofensivo. Escupió en el aire con asco, pero no cambió de rumbo. Y al fin, en la linde de un claro, miró abajo y vio lo que en verdad era extraño en aquella tierra salvaje africana.

En el suelo había un aeroplano, parcialmente destrozado. Y allí, merodeando alrededor del aparato accidentado, se hallaba la fuente del olor que Tarzán odiaba: media docena de babeantes hienas con la lengua fuera. Pisando con blandas patas almohadilladas, daban vueltas y más vueltas en movimiento constante, saltando de vez en cuando contra el costado del avión, en un evidente esfuerzo por alcanzar algo de lo que había dentro.

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