Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Superando su repulsión, Tarzán saltó ágilmente al suelo. Aunque el impacto fue suave, las hienas lo oyeron y se giraron en redondo. Gruñeron, luego se retiraron un poco. El primer impulso de la hiena siempre es retirarse, excepto de las cosas que ya están muertas. Luego, al ver que Tarzán estaba solo, algunas de las más atrevidas avanzaron unos centímetros enseñando los colmillos. Existía una antigua y mutua enemistad entre aquel hombre y la estirpe de Dango.

Tarzán parecía no prestar atención a las hienas. No tocó el arco y el carcaj de flechas que llevaba a la espalda. Su cuchillo de caza permaneció en su funda. Ni siquiera levantó su lanza en gesto de amenaza. Demostró su desprecio. Pero estaba alerta. Conocía a la hiena desde hacía mucho tiempo. Era cobarde, sí, pero cuando estaba hambrienta era capaz de un súbito ataque atrevido con garras y colmillos. Ahora él olía su hambre, y mientras por fuera permanecía desdeñoso, interiormente estaba alerta.

Envalentonadas por la indiferencia exterior de Tarzán, las hienas se acercaron más a él. Entonces, con un rápido movimiento, ¡la más grande le saltó a la garganta!



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