Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Antes de que los afilados colmillos pudieran cerrarse en torno a su garganta, Tarzán alargó un bronceado brazo y agarró el cuello de la bestia. Hizo oscilar el cuerpo una vez sobre su cabeza y lo arrojó con una fuerza terrible sobre las otras hienas, derribando a tres. Las tres se pusieron en pie casi al instante, pero quedó una; y todas las hienas se lanzaron directas sobre el cuerpo destrozado de su jefe y lo devoraron. Ay, Tarzán de los Monos conocía la mejor manera de tratar a las hienas.

Mientras ellas estaban ocupadas con su repugnante alimentación, Tarzán examinó el avión y descubrió que no estaba completamente estropeado. Un ala estaba arrugada y el tren de aterrizaje estaba destrozado. Pero lo que era cierto de ese objeto de alambre y metal no era cierto de la carne y la sangre que lo había guiado: la carne y la sangre que las hienas habían sido incapaces de alcanzar. El piloto, encajado en su parte de la cabina, seguía sentado ante sus controles, pero su cuerpo estaba inclinado hacia delante, muerto, con la cabeza descansando sobre el tablero de mandos.

El avión era un aparato del ejército italiano. Tarzán tomó nota mentalmente del número y de la insignia. Luego se encaramó al ala para llegar a la cabina y apartó los restos de la tumba accidental del piloto para examinar al hombre más de cerca.


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