Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Le ataron con fuerza, y sus captores tenían que hacer grandes esfuerzos para evitar que se le aflojaran las ataduras. Cada noche se las apretaban de nuevo, maravillándose de la gran fuerza que permitía a aquel hombre aflojarlas al menos lo suficiente para que la sangre de los brazos y las piernas fluyera menos lentamente.

Eso de que le apretaran las ataduras cada noche se convirtió en un grave problema para Tarzán. Era más que eso; era un insulto a su dignidad natural.

«Un hombre que no utiliza sus brazos —pensó— solo es medio hombre. Un hombre que no utiliza sus brazos y piernas no es un hombre en absoluto. Es un niño, que debe ser alimentado como un niño, tal como los buiroos me están alimentado a mí».

Y el corazón de Tarzán se hinchó de indignación, una indignación multiplicada por tres porque le daba de comer un pueblo degenerado como los buiroos. Sin embargo, ¿de qué servía que el corazón de Tarzán se hinchara, si sus muñecas y sus tobillos no podían hincharse también, hincharse y romper sus ataduras?

El gran corazón de Tarzán ardía en su pecho, pero su mente permanecía fría.


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