Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos El león atacó una vez más, y un guerrero cayó al suelo bajo el escudo una vez más, pero ahora una lanza encontró el corazón salvaje y la batalla terminó.
Hubo gran regocijo en la aldea del jefe Mpingu cuando los guerreros regresaron con un prisionero blanco y un león muerto. Sin embargo, su regocijo se vio un poco mermado por algunos recelos cuando descubrieron que su prisionero era el temible Tarzán.
Algunos, incitados por el hechicero, abogaban por matar al prisionero enseguida, no fuera que invocara sus poderes mágicos para causarles daño. Pero otros aconsejaban dejarle libre, argumentando que el espíritu de Tarzán asesinado podría causarles mucho más daño que Tarzán vivo.
Dividido entre dos ideas opuestas, Mpingu llegó a un acuerdo. Ordenó que el prisionero fuera atado y vigilado, y que restañaran sus heridas. Si para cuando se pusiera bien, no había ocurrido nada adverso, le tratarían como a los demás prisioneros; y habría baile… ¡y comida! Tarzán había dejado de sangrar. La herida habría matado a un hombre corriente, pero Tarzán no era un hombre corriente. Ya estaba planeando su huida.