Middlemarch

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Porque apenas nadie dudaba ya de que en la raíz de la liberalidad de Bulstrode con Lydgate había algún motivo escandaloso. El señor Hawley, de hecho, como primera providencia, invitó a un grupo muy selecto, incluyendo a los dos doctores, junto con el señor Toller y el señor Wrench, para examinar de manera detenida la enfermedad de Raffles, repitiéndoles los detalles, reunidos a través de la señora Abel, del certificado de Lydgate, según el cual la muerte se había debido a delírium trémens; y todos los médicos, que seguían imperturbables las viejas sendas en cuanto concernía a aquella enfermedad, declararon que no veían nada en aquellos detalles que pudiera convertirse en motivo serio de sospecha. Pero las razones morales para dudar seguían existiendo: por un lado, los importantes motivos de Bulstrode para desear verse libre de Raffles y el hecho de que en aquel momento crítico hubiese ayudado a Lydgate a resolver un problema del que sin duda estaba al corriente desde hacía algún tiempo; y, por otro, la tendencia a sospechar que Bulstrode sería poco escrupuloso, junto con la falta de simpatías por Lydgate, que abonaba la creencia de que se le podía sobornar tan fácilmente como a otros personajes tan altivos como faltos de recursos. Incluso aunque el dinero se le hubiese dado únicamente para que silenciara el escándalo en la vida anterior de Bulstrode, eso arrojaba una pésima luz sobre el médico, de quien se hablaba con desprecio desde hacía tiempo por haberse puesto al servicio del banquero con ánimo de obtener una situación de preponderancia y para desacreditar a sus colegas de más edad. De aquí que, a pesar del veredicto negativo sobre signos directos de culpabilidad en relación con la defunción en Stone Court, el selecto grupo de invitados del señor Hawley se despidiera con la sensación de que aquel asunto «olía muy mal».


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