Middlemarch

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Dorothea esperaba la llegada del médico con gran interés. Aunque, en consideración a sus consejeros varones, había renunciado a lo que sir James llamara «entrometerse en el asunto de Bulstrode», no se olvidaba de la difícil situación de Lydgate y, cuando el banquero acudió de nuevo en busca de ayuda para el hospital, consideró llegado el momento que se había visto obligada a posponer. En su lujoso hogar, paseándose bajo las ramas de los grandes árboles del parque, Dorothea ocupaba sus pensamientos con el destino de otros, sintiendo aprisionadas sus emociones. Hacer el bien que estuviera a su alcance «la obsesionaba como una pasión»[140] y cuando tenía una imagen nítida de las necesidades de otra persona anhelaba darles alivio, al mismo tiempo que su propio bienestar se le hacía insípido. Dorothea se sentía llena de confiada esperanza ante la entrevista con Lydgate, sin hacer caso de lo que se decía sobre su extraordinaria reserva y sin importarle tampoco su propia juventud. A Dorothea nada le parecía menos importante que la insistencia en sus pocos años y en su condición de mujer cuando se sentía impulsada a mostrarse solidaria con su prójimo.





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