Middlemarch

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—Y ahora creo que podré descansar un poco —dijo el señor Casaubon. Luego procedió a acostarse y pidió a Dorothea que apagara las luces. Cuando también ella se hubo acostado y reinó otra vez la oscuridad, mitigada tan solo por el mortecino resplandor de los rescoldos en la chimenea, el señor Casaubon habló nuevamente:

—Antes de dormirme, tengo que hacerte una petición, Dorothea.

—¿De qué se trata? —dijo ella con el alma llena de temor.

—Quiero que me hagas saber, plenamente consciente, si, en el caso de mi muerte, darás cumplimiento a mis deseos: si evitarás hacer lo que yo desapruebe y te consagrarás a lo que yo desee.

Aquella petición no constituyó una sorpresa para Dorothea: muchos detalles la habían llevado a conjeturar la existencia de algún propósito de su marido que podía traducirse en un nuevo yugo para ella. Pasaron unos instantes sin que se produjera una respuesta.

—¿Te niegas a hacerlo? —dijo el señor Casaubon con tono algo más cortante.


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