Invisible
Invisible Esa noche, en su habitación, encendió la lámpara y abrió el cuaderno. Escribió despacio, sin prisa: “Ser invisible no era mi poder. Era la forma en que el mundo decidió no verme.” Cerró el cuaderno y respiró hondo. El aire dolía, pero era suyo. Miró por la ventana y vio la ciudad latiendo, indiferente, pero viva. Y pensó que tal vez el dolor no se borra, pero se transforma. Que quizá su historia sirva para que algún otro, en otro pasillo, en otro baño, no tenga que aprender a desaparecer para ser escuchado.
Porque ahora lo sabía: existir —aunque duela— siempre vale más que rendirse al silencio.
FIN de Invisible