Las Coéforas

Las Coéforas

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ORESTES. ¡Ved la doble tiranía del país, los asesinos de mi padre, los devastadores de este palacio! Augustos, estaban poco ha sentados en sus tronos; ahora todavía son amantes -como se puede juzgar por su muerte- y permanecen fieles a su juramento. Juntos juraron dar muerte a mi desgraciado padre, y morir juntos: también esta promesa se ha realizado. Mirad, ahora, los que sois testigos de estos nlales, el ardid, la cadena de ni infortunado padre, las esposas de las manos, los grilletes de los pies. (A los siervos que sostienen el peplo.) Desplegad, mostrad de cerca a todos el velo que cubre al héroe para que el padre, no el mío, sino aquél que todo lo vigila, el Sol, vea las obras impías de mi madre, y un día sea testigo justamente de que conseguí la venganza hasta la muerte de mi madre. Porque aquí no hablo de la muerte de Egisto: ha tenido, de acuerdo con la ley, el castigo del adúltero. Pero ella, que meditó aquel crimen contra un hombre cuyos hijos había llevado debajo de la cintura -peso de amor un tiempo, pero ahora bien se ve, de odio mortal-, ¿qué te parece?, serpiente marina o víbora, que envenenas todo lo que toca, sin morderlo, con sólo su audacia y su perfidia maternal. Y este velo, ¿cómo acertaré llamarlo, aun con lengua benévola? ¿Trampa de fieras o sudario que cubre al muerto hasta los pies? No, más bien una red, un lazo dirías, peplo que traba los pies: lo que quisiera un ladrón para engañar a sus huéspedes y vivir del robo del dinero; y con esta astucia mataría a muchos y alegraría enormemente su corazón. ¡Que jamás una esposa como ella habite en mi casa! ¡Antes los dioses me hagan morir sin hijos!


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