Las Coéforas
Las Coéforas ORESTES. Pero para que lo sepáis: yo no sé adónde lleva esto; soy como un auriga llevado por los caballos fuera del camino. Vencido, me arrastra mi espíritu indomable. Próximo al corazón el temor está pronto al canto y en ruidosa danza el corazón palpita. Mientras todavía estoy cuerdo, grito a mis amigos, sí, afirmo que no sin justicia he muerto a mi madre, manchada con el asesinato de mi padre, abominación de los dioses. Y el que me destiló en el corazón el filtro de esta audacia fue el profeta de Pitón, Loxias el cual me aseguró que si hacía lo que he hecho estaría exento de culpa, pero si lo descuidaba... no diré el castigo: no hay arco que alcance la medida de estos padecimientos. Y ahora, miradme cómo, provisto con este ramo y esta corona, me dirijo al santuario del centro de la tierra, al lugar de Loxias, donde luce una luz indestructible, para huir de esta sangre común; a ningún otro lugar me ordenó Loxias que me dirigiera. Y ruego a los argivos que recuerden siempre cómo han surgido estos males y sean mis testigos cuando Menelao regrese. Yo, errante, desterrado de esta tierra, vivo y muerto dejaré este renombre.