Tragedias I
Tragedias I ADMETO. —Ni por deshonrarte ni por ponerte en una situación vergonzosa te oculté la suerte de mi desgraciada esposa, sino que este dolor se habría añadido a mi dolor, si te hubiese dirigido a la morada de 1040 algún otro huésped. Bastante tenía yo con llorar mi desgracia. En cuanto a esta mujer, te suplico, si es posible, señor, que se la des a guardar a algún otro tesalio que no haya sufrido lo que yo. Muchos huéspedes tienes entre los de Feras. ¡No me recuerdes mis 1045 desgracias! No podría, al verla en mi casa, contener mis lágrimas. No añadas otra enfermedad a un enfermo; bastante estoy apesadumbrado por la desgracia. Y además ¿en qué lugar de mi morada iba a alojarse 1050 una mujer joven? Pues es joven, a juzgar por su vestido y su adorno. ¿Acaso va a vivir bajo el mismo techo que los hombres? ¿Cómo permanecerá pura, yendo y viniendo entre jóvenes? No es fácil contener al que está en la flor de la edad, Heracles. Yo trato 1055 de velar por tus intereses. ¿Quieres que la aloje en la habitación de la muerta? ¿Y cómo la hago entrar en el lecho de aquélla? Temo un doble reproche: el de la gente de aquí, no sea que alguno me eche en cara que, traicionando a mi bienhechora, caigo en el 1060 lecho de otra joven, y el de la muerta: ella es digna de todo mi respeto, debo tenerlo en cuenta siempre. Y tú, oh mujer, quienquiera que seas, sabe que tienes el mismo aspecto que Alcestis y te asemejas a ella en 1065 el cuerpo. Aparta, por los dioses, a esta mujer de mi vista. No triunfes sobre uno que está derrotado. Viéndola creo estar viendo a mi esposa. Me turba el corazón y fuentes manan de mis ojos. ¡Oh desgraciado de mí, sólo ahora empiezo a saborear mi amargo dolor!