El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Luego que entramos, le dijo el capellán:
–Aquí tiene usted a su antiguo amigo y dependiente don Pedro Sarmiento, de quien tantas veces hemos hecho memoria. Ya es digno de la amistad de usted, porque no es un joven vicioso ni atolondrado, sino un hombre de juicio y de una conducta arreglada a las leyes del honor y de la religión.
Entonces mi amo se levantó de su butaca, y dándome un apretado abrazo, me dijo:
–Mucho gusto tengo de verte otra vez y de saber que por fin te has enmendado y has sabido aprovecharte del entendimiento que te dio el cielo. Siéntate; hoy comerás conmigo, y créete que te serviré en cuanto pueda mientras que seas hombre de bien, porque desde que te conocí te quise, y por lo mismo sentí tu ausencia, deseaba verte, y hoy que lo he conseguido, estoy harto contento y placentero.
Le di mil gracias por su favor; comimos, le informé de mi situación y en dónde estaba, le ofrecí mis cortos haberes, le supliqué que honrara mi casa de cuando en cuando, y después de recibir de él las más tiernas demostraciones de cariño, me marché para mi San Agustín de las Cuevas, aunque ya no se disolvió la amistad recíproca entre el asiático, su capellán y yo, porque los visitaba en México, los obsequiaba en mi casa cuando me visitaban, nos regalábamos mutuamente y nos llegamos a tratar con la mayor afabilidad y cariño.