El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Con esto el escribano y el alcaide se esforzaban cuanto podían para que lo descubriera; pero yo, considerando su designio, las resultas que de mi denuncia podían sobrevenir al Aguilucho, y que no me resultaba ningún bien con perjudicar a este infeliz necio, que bastantemente agravado estaba con sus crímenes, no quise descubrirlo, y sólo decía que como eran tantos, no me acordaba a punto fijo de quién era. No me sacaron otra cosa los comisionados de los ministros por más que hicieron, y así, formando de mí el concepto de que era un mentecato, se marcharon.
Quedéme en la enfermería más contento que en el calabozo, ya porque estaba mejor asistido, y ya, en fin, porque entre los que allí estaban, había algunos de regulares principios, y cuya conversación me divertía más que la de los pillos del patio.
Cuando el escribano vio mi letra en el escrito, se prendó de ella, y fue cabalmente a tiempo que se le despidió el amanuense, y valiéndose de la amistad del alcaide, me propuso que si quería escribirle a la mano, que me daría cuatro reales diarios. Yo admití en el instante;
pero le advertí que estaba muy indecente para subir arriba. El escribano me dijo que no me apurara por eso, y, en efecto, al día siguiente me habilitó de camisa, chaleco, chupa, calzones, medias y zapatos; todo usado, pero limpio y no muy viejo.