El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Mi nuevo maestro no era un viejo adusto y saturnino, según yo me lo había figurado; todo lo contrario: era un semijoven como de treinta y dos a treinta y tres años, de un cuerpo delgado y de regular estatura; vestía decente, al uso del día y con mucha limpieza; su cara manifestaba la dulzura de su corazón; su boca era el depósito de una prudente sonrisa; sus ojos vivos y penetrantes inspiraban la confianza y el respeto; en una palabra, este hombre amable parece que había nacido para dirigir la juventud en sus primeros años.
Luego que mi padre y el religioso se retiraron, me llevó mi maestro al corredor; comenzó a enseñarme las macetas, a preguntarme por las flores que conocía, a hacerme reflexionar sobre la varia hermosura de sus colores, la suavidad de sus aromas y el artificioso mecanismo con que la Naturaleza repartía los jugos de la tierra por las ramificaciones de las plantas.
Después me hizo escuchar el dulce canto de varios pintados pajarillos que estaban pendientes en sus jaulitas como los de la sala, y me decía: ¿Ves, hijo, qué primores encierra a Naturaleza, aun en cuatro hierbecitas y unos animalitos que aquí tenemos? Pues esta Naturaleza es la ministra del Dios que creemos y adoramos. La mayor maravilla de la Naturaleza que te sorprenda, la hizo el Creador con un acto simple de su suprema voluntad.