Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No permitas que los despojos se apoderen del vencedor.
—¿Te refieres a escribir porquerÃas? — Se detuvo un momento a considerar—. Si hablas de añadir deliberadamente un final sentimental a cada uno, no lo estoy haciendo. Pero imagino que no soy demasiado cuidadoso. Desde luego escribo más deprisa y me parece que no pienso las cosas tanto como solÃa. Quizá se deba a que no hablo con nadie ahora que tú te has casado y Maury se ha ido a Filadelfia. Me falta el impulso que tenÃa antes y la ambición. El éxito rápido, y todo eso.
—¿Y no estás preocupado?
—Terriblemente. Me siento dominado por un nerviosismo que debe de ser como el del cazador ante su primera pieza… es una especie de intensa falta de naturalidad literaria que se apodera de mà cuando intento forzarme. Pero los dÃas en que me parece que no puedo escribir no son los peores. Lo peor es empezar a preguntarse si hay alguna obra que merezca le pena, quiero decir, si soy algo más que un bufón pretencioso.
—Me gusta oÃrte hablar asà —dijo Anthony con un toque de su antigua superioridad llena de insolencia—. TemÃa que el éxito te hubiera entontecido un poco. Leà la más detestable entrevista que te han…
Dick le interrumpió con un gesto atormentado.