Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Fue necesaria una asombrosa cantidad de energía moral por parte de Gloria para conseguir que Anthony volviera y, cuando se presentó al día siguiente, un tanto deprimido por la lectura de las inmemoriales perogrulladas caprichosamente expuestas en «Charlas con el corazón en la mano sobre la ambición», halló que solo cincuenta de los primitivos trescientos estaban aguardando la aparición del atractivo y entusiasta Sammy Carleton. En aquella ocasión las dotes de entusiasmo y persuasión de Mr. Carleton se consagraron a elucidar un magnífico tema teórico: cómo vender. Parecía ser que el método adecuado no era formular la propuesta y decir luego «Y ahora, ¿comprará usted?»; aquel, desde luego, no era el sistema, ¡ni mucho menos! El sistema era formular la propuesta y luego, después de haber agotado completamente al adversario, hacer uso del imperativo categórico: «¡Vamos a ver! He gastado mi tiempo con usted explicándole este asunto. Ha aceptado usted mis razonamientos. Todo lo que me queda por preguntarle es: ¿cuántas va a comprar?».