Madame Bovary
Madame Bovary —¡Oh!, no, verdad, ¿seré alguien en su pensamiento, en su vida?
«¡Raza porcina, premio ex aeguo: a los señores Lehérissé y Cullembourg, sesenta francos!».
Rodolfo le apretaba la mano, y la sentÃa completamente caliente y temblorosa como una tórtola cautiva que quiere reemprender su vuelo; pero fuera que ella tratase de liberarla, soltarla, o bien que respondiese a aquella presión, hizo un movimiento con los dedos; él exclamó:
—¡Oh, gracias!, ¡no me rechaza!, ¡es usted buena!, ¡comprende que soy suyo! ¡Déjeme que la vea, que la contemple!
Una ráfaga de viento que llegó por las ventanas arrugó el paño de la mesa, y en la plaza, abajo, todos los grandes gorros de las campesinas se levantaron como alas de mariposas blancas que se agitan.
«Aprovechamiento de piensos de semillas oleaginosas», continuó el presidente.
Y se daba prisa.
«Abono flamenco, cultivo del lino, drenaje, arrendamiento a largo plazo, servicios de criados».
Rodolfo no hablaba. Se miraban. Un deseo supremo hacÃa temblar sus labios secos; y blandamente, sin esfuerzo, sus dedos se entrelazaron.