Madame Bovary

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Ella fue presa de una corazonada, y, al tiempo que buscaba una moneda en su bolsillo, miraba al campesino con ojos huraños, mientras que él mismo la miraba con estupefacción, no comprendiendo que semejante regalo pudiese conmocionar tanto a alguien. Por fin se marchó. Felicidad quedaba allí. Emma no aguantaba más, corrió a la sala como para dejar allí los albaricoques, vació el cestillo, arrancó las hojas, encontró la carta, la abrió y, como si hubiera habido detrás de ella un terrible incendio, Emma empezó a escapar hacia su habitación, toda asustada.

Carlos estaba allí, ella se dio cuenta; él le habló, Emma no oía nada, y siguió deprisa subiendo las escaleras, jadeante, loca, y manteniendo aquella horrible hoja de papel, que le crujía entre los dedos como si fuese de hojalata. En el segundo piso se paró ante la puerta del desván que estaba cerrada.

Entonces quiso calmarse; se acordó de la carta, había que terminarla, no se atrevió. Además, ¿dónde?, ¿cómo?, la verían.

«¡Ah!, no, aquí pensó ella estaré bien».

Emma empujó la puerta y entró.

Las pizarras del tejado dejaban caer a plomo un calor pesado, que le apretaba las sienes y la ahogaba; se arrastró hasta la buhardilla cerrada, corrió el cerrojo y de golpe brotó una luz deslumbrante.


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