Madame Bovary
Madame Bovary —Es preciso —decÃa dirigiendo a su alrededor y hasta los extremos del paisaje una mirada de satisfacción— mantener asà la botella vertical sobre la mesa, y, una vez cortados los kilos, mover el corcho a vueltecitas, despacio, despacio, como se hace, por otra parte, con el agua de Seltz en los restaurantes.
Pero durante su demostración la sidra le saltaba a menudo en plena cara, y entonces el eclesiástico, con una risa opaca, hacÃa siempre este chiste:
—¡Su bondad salta a los ojos!
En efecto, era un buen hombre, a incluso un dÃa no se escandalizó del farmacéutico, que aconsejaba a Carlos, para distraer a la señora, que la llevase al teatro de Rouen a ver al ilustre tenor Lagardy. Homais, extrañado de aquel silencio, quiso conocer su opinión, y el cura declaró que veÃa la música como menos peligrosa para las costumbres que la literatura.
Pero el farmacéutico emprendió la defensa de las letras. El teatro, pretendÃa, servÃa para criticar los prejuicios, y, bajo la máscara del placer, enseñaba la virtud.
—¡Castigat[51] ridendo mores, señor Bournisien! Por ejemplo, fÃjese en la mayor parte de las tragedias de Voltaire; están sembradas hábilmente de reflexiones filosóficas que hacen de ellas una verdadera escuela de moral y de diplomacia para el pueblo.