Madame Bovary
Madame Bovary —Pero yo te lo habrÃa dado todo, habrÃa vendido todo, habrÃa trabajado con mis manos, habrÃa mendigado por las carreteras, por una sonrisa, por una mirada, por oÃrte decir: «¡Gracias!». ¿Y tú te quedas ahà tranquilamente en tu sillón, como si no me hubieras hecho ya sufrir bastante? ¡Sin ti, entérate bien, habrÃa podido vivir feliz! ¿Quién te obligaba? ¿Era una apuesta? Sin embargo, me querÃas, lo decÃas… Y todavÃa, hace un momento… ¡Ah!, ¡hubieras hecho mejor despidiéndome! Tengo las manos calientes de tus besos, y ahà está sobre la alfombra el sitio donde me jurabas de rodillas un amor eterno. Me lo hiciste creer: ¡durante dos años me has arrastrado en el sueño más magnÃfico y más dulce!… Y mientras, proyectos de viaje, ¿te acuerdas? ¡Oh!, ¡tu carta, tu carta, me desgarró el corazón!… ¡Y después, cuando vuelvo a él, a él, que es rico, feliz, libre, para implorar una ayuda que prestarÃa el primero que llegara, suplicándole y ofreciéndole toda mi ternura, me rechaza, porque le costarÃa tres mil francos!
—¡No los tengo! —respondió Rodolfo con esa calma perfecta con que se protegen como si fuera un escudo las cóleras resignadas.
Emma salió. Las paredes temblaban, el techo la aplastaba; y volvió a pasar por la larga avenida tropezando en los montones de hojas caÃdas que dispersaba el viento.