El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Meaulnes, ya es hora de que se lo confiese: yo también estuve allÃ. Presencié esa fiesta maravillosa. Cuando los chicos de la escuela me hablaron de su aventura extraña, supuse que se trataba de la vieja mansión perdida. Para asegurarme, le robé el mapa. Pero a mà me pasa lo que a usted; no conozco el nombre de aquel castillo, no sabrÃa cómo regresar a él ya que no sé bien cuál es el camino que lleva de Sainte-Agathe hasta allÃ.
Nos apretamos contra él con un inmenso entusiasmo, con intensa curiosidad y amistad. Meaulnes le hacÃa preguntas. CreÃamos que si insistÃamos fogosamente ante el nuevo amigo, le harÃamos decir hasta lo que intentaba ignorar.
—Ya lo verán, ya lo verán —contestaba el muchacho, fastidiado e inquieto—; he agregado en el plano algunas indicaciones que faltaban. Es todo lo que pude hacer.
Luego, al vernos colmados de admiración y entusiasmo, nos dijo con pena y orgullo:
—Oh, prefiero advertÃrselo: yo no soy un chico como los demás. Hace tres meses intenté pegarme un tiro en la cabeza y ése es el motivo por el cual llevo la frente vendada, como un miliciano del Sena, en 1870…
—Y esta tarde, con la pelea, se le abrió nuevamente la herida —le dijo Meaulnes, amistosamente.
Pero el otro, sin hacerle caso, continuó en un tono un tanto enfático: