Herejes de Duna
Herejes de Duna Sheeana, mientras tanto, se habÃa aislado en una cueva en las afueras de Keen. AllÃ, sentada en la oscuridad, hablaba con los gusanos que se habÃan reunido fuera, sus enormes cuerpos formando un anillo protector alrededor del lugar.
—El desierto no olvida —susurró. —Ni yo lo haré.
Los gusanos respondieron con un movimiento sutil, como si entendieran cada palabra.
En las profundidades de la galaxia, las Honoradas Matres se reagrupaban. Aunque su derrota en Rakis habÃa sido un golpe devastador, su lÃder no mostraba señales de debilidad.
—No cometimos errores —dijo, con los ojos encendidos por la ira. —Solo subestimamos lo que enfrentábamos.
Una de sus seguidoras inclinó la cabeza. —¿Y qué haremos ahora?
La lÃder sonrió, una expresión tan peligrosa como el filo de una cuchilla. —Destruiremos todo lo que aman.
Taraza, de vuelta en Gammu, observaba los restos de la Hermandad. La guerra habÃa dejado su huella, y aunque aún tenÃan fuerza, no eran las mismas de antes.
—La Dispersión nos cambió —dijo a Odrade, mientras caminaban juntas por los pasillos vacÃos.